viernes, 9 de enero de 2009

DEFCON 4

Hace una semana, alguno de los geólogos de la Universidad de Utah que monitorizan el YVO (Yellowstone Volcano Observatory) debió dar un salto en su silla, cuando, el tres de enero, uno de los sismógrafos instalados en el Parque Nacional transmitió unos extraños datos.

Durante siglos, los indígenas americanos han evitado entrar en la zona de Yellowstone, a la que consideraban habitada por espíritus malignos, debido a los extraños fenómenos que en ella se producían. Terremotos, explosiones de agua hirviente, emanaciones de gas que mataban a los animales... Hoy sabemos que todo esto se debe a la existencia en su subsuelo de un núcleo de actividad volcánica activo, quizás el más formidable y peligroso de la Tierra.

En el siglo XX los geólogos descubrieron rastros de la existencia allí de varias erupciones volcánicas sucesivas de escala titánica, auténticos supervolcanes mil veces más violentos que el Krakatoa. La última de esas explosiones -que cubrió de lava y cenizas gran parte de los actuales EEUU y quizás fue uno de los factores que activó el fenómeno de las glaciaciones- tuvo lugar hace 640.000 años. El ritmo al que se suceden las distintas megaexplosiones volcánicas -2,1 millones de años, 1,3 Millones de años, 0,6 Millones de años- indica que estas se repiten cíclicamente cada aproximadamente 700.000 años, y que la próxima tendrá lugar dentro de unas decenas de miles de años.

Quizás parezca mucho tiempo, pero la caldera volcánica, que ha acumulado energía en el último medio millón de años, está a punto -en términos de historia geológica- de volver a reventar. Por ello, desde los años setenta se realiza un control exhaustivo del comportamiento sísmico, magmático e hidrotermal en el Parque Nacional de Yellowstone. Puedes encontrar datos en http://volcanoes.usgs.gov/yvo/. Sobre las consecuencias de la explosión de un supervolcan en Yellowstone hay un magnífico documental de la BBC .



Pues bien, a finales del mes de diciembre un enjambre de terremotos de pequeña entidad (casi cien diarios) sacudió la zona norte del lago de Yellowstone, provocando una cierta sensación de alarma, por más que en 1998 y 2006 se dieron fenómenos semejantes. Estos terremotos van unidos al hecho de que el suelo de la zona se ha elevado más de 20 cm en los últimos cuatro años. Y entonces, el 3 de enero, aparecieron los armónicos.


Las ondas sísimicas armónicas, es decir, una nota muy baja que surge de las profundidades, están relacionadas en zonas volcánicas con la subida de magma por las grietas de la corteza, que al rellenarlas causa un sonido de ultrabaja frecuencia, que quizás explica porqué algunos animales pueden prever terremotos, erupciones volcánicas y maremotos. Las que aparecen en el sismograma a partir de las 20.40 UTC pudieron hacer pensar, y de hecho así lo creyó mucha gente, que una supererupción era inminente.


Pronto se comprendió que no era así. Esos armónicos eran en realidad las réplicas de dos grandes terremotos que tuvieron lugar al otro extremo del mundo, en las costas de Papua, a las 19.43 y a las 22.33 UTC, una hora antes de que las ondas llegaran a los sismógrafos de Yellowstone. La alarma desapareció pronto. En los siguientes días el enjambre de terremotos fue debilitándose hasta desaparecer. Los temores de los geólogos desaparecieron el 6 de enero.

Pero esto no debe hacer olvidarnos que la bomba de Yellowstone continúa con su cuenta atrás. Quizás explote el año que viene, quizás tarde 100.000 años en hacerlo, pero está ahí, recordándonos siempre que nuestra sociedad, nuestra cultura, nuestra supervevivencia como especie incluso, existe como algo prestado, a merced de fenómenos fuera de nuestro control. Que nos hace pensar en la necesidad de ver el futuro con mayor humildad, y aceptar que el Homo Sapiens no significa más que una nota en la grandiosa sinfonía que durante cientos de millones de años está interpretando la Vida en la Tierra.

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